DE LA NATURALEZA AL ARTE
Caminar los ríos y playas es el reflejo de un museo vivo

Hay una sinfonía en las Raíces, sus ecos en los huesos del tiempo, de lo olvidado, donde el artista da forma a los desechos del río y el mar en bestias prehistóricas, dando voz a los silencios de la Tierra. Este abismo que refleja la profundidad de nuestra desconexión con la naturaleza y la urgencia de cambiar de rumbo. Cada raíz seca es una promesa incumplida, cada centímetro de suelo erosionado es un grito de auxilio. Pero también es un llamado a la esperanza. La vida siempre encuentra una vía.

Willi Robledo recuerda a su hermano Bormán Robledo, pintor de acuarelas y de tiempos, quien vio en las playas, en el lodo la poesía de lo efímero, creando un legado con parte de su obra única en su tipo, Instalaciones de Dinosaurios en Urabá, lo que un día trabajaron juntos.
Willi Robledo
Los inicios:
La familia Robledo se encontró en Chigorodó, cuando el padre, quien venía de Santafé de Antioquia, sedujo a la madre, recién llegada de Risaralda, con quien tuvo cinco hijos, dos dedicados al arte: Bormán y Willi Robledo. Willi Robledo recuerda que crecieron en un hogar donde la creatividad era la respuesta a la escasez. Con una madre ingeniosa que utilizaba una enciclopedia para mantenerlos ocupados y un padre que compraba periódicos que servían de ventana a la imaginación. Los hermanos desarrollaron desde temprana edad un ojo para el arte. La escasez, maestra severa de mil rostros, les enseñó a ver tesoros en los despojos. En cada trozo de balso, en cada hoja de periódico, hallaban universos. «Nos volvimos muy creativos», recuerda Willi. «Eso nos capacitó para tener ojos creativos». Desde hacer juguetes con materiales encontrados hasta recrear armas de las películas con balso. Recuerda que, a su hermano, a quien le gustaba la pintura, realizó un curso de acuarela con el reconocido artista Ramón Vázquez.
Memoria eterna. El dolor no va a parir olvidos.
En 1993, en medio de la violencia en la región, Bormán Robledo tuvo una epifanía artística. Durante una visita a Turbo, observó la cantidad de desechos que llegaban a las playas. Esta observación se convertiría en el germen de su obra más significativa. «El análisis fue como el daño tan intenso del ser humano, el daño ambiental, se refleja en el todo que somos. Es un reclamo, una pelea de lo natural con lo artificial creado por el hombre», explica su hermano. Así nacieron los dinosaurios de Bormán Robledo. Utilizando los mismos materiales que de niños usaban para crear juguetes, Bormán comenzó a ensamblar esculturas de dinosaurios, la elección de estos animales prehistóricos no fue casual: representaban una era de la Tierra donde la naturaleza floreció por millones de años sin la intervención humana. «Los dinosaurios siempre fueron depositarios de la historia del planeta», concluye el hermano. «.
Bormán fallece en 2003, y Willi, después de dos años de búsqueda, en Playa Dulce, encontró la conexión con el legado de una poderosa declaración artística y ambiental. Un encuentro de la relación entre el ser humano y la naturaleza.
De los tiempos del encierro a la liberación de la imaginación
En las orillas del río Chigorodó, siguiendo los pasos de su hermano, Willi inició el recorrer los ríos de Urabá y las playas del Golfo Dulce de Urabá, dando como resultado el fusionar lo orgánico con lo fantástico. Una fusión de huesos, raíces y otros materiales naturales, para darle una mirada de denuncia a la contaminación, al daño ambiental, al uso de mercurio en las aguas que se consumen y a los recuerdos de la mitología local. – «Fue durante la pandemia cuando realmente comencé este proyecto», explica el artista. «El río se convirtió en un refugio, un lugar de conexión con la naturaleza en tiempos difíciles». Sus series, «Mundo Tóxico», «Transmutación» y «Hallazgos», invitan a reconsiderar la relación con el entorno natural. Al incorporar mitos y leyendas locales en su trabajo, el artista no solo crea, sino que también preserva el rico patrimonio cultural de la región.

Desde los dinosaurios de Bormán Robledo hasta las criaturas fantásticas del artista Willi Robledo, que surgieron de recorrer los ríos y playas, Urabá se ha convertido en un museo vivo, donde el arte y la naturaleza se entrelazan para contar una historia de creatividad, resistencia y conciencia ambiental.
Estas obras nos recuerdan la importancia de observar, valorar y proteger nuestro entorno natural. Como dijo Willi Robledo, «Mi taller es la naturaleza misma», comenta el artista mientras recuerda su recorrido por las Playas de Turbo, uno de sus lugares favoritos para la recolección. «Aquí, cada pieza de madera, cada hueso, cuenta una historia que espera ser contada». Es un proceso creativo orgánico como los materiales que utiliza. Camina por las orillas, atento a los sonidos de las aves, la fuerza de las raíces luchando contra el barro, los olores y colores que emanan de la tierra. «Es una experiencia sensorial completa», explica. «Cada objeto que recojo es un fragmento de un relato mayor».
‘Mundo Tóxico’, ‘Transmutación’ y ‘Hallazgos’
En la serie ‘Mundo Tóxico’, una colección que refleja la fragilidad de nuestro ecosistema. «Son piezas orgánicas de madera que parecen enfermas, carcomidas», describe. «No tienen una forma específica, pero representan la vulnerabilidad de nuestro entorno ante la contaminación».
Como herencia de la pandemia: «El aislamiento me llevó a una conexión más profunda con la naturaleza», reflexiona. «Mi serie ‘Transmutación‘ nació de ese período, explorando cómo nos adaptamos y cambiamos frente a lo desconocido».
Pero no todo en su obra es sombrío. ‘Hallazgos’ celebra la belleza inesperada que se puede encontrar en lo aparentemente ordinario. Cada pieza en esta serie es un testimonio de la maravilla que nos rodea, esperando ser descubierta por ojos atentos.
Sumado a lo anterior, enriquece su trabajo con la incorporación de mitos y leyendas locales. «Nuestras historias están entretejidas con el paisaje», comenta. «Cuando trabajo con una pieza de madera del río, no puedo evitar pensar en las leyendas del mohán o la madre monte. Esas narrativas se filtran en mi arte, dándole una dimensión cultural adicional. Para mí, esto es más que arte», reflexiona. «Es una forma de contemplación, un diálogo con la naturaleza. Cada pieza es una meditación sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra responsabilidad hacia él».
Y es así, como la tierra se abre, deja moldear esculturas que van tejiendo un tapiz de historias con objetos olvidados. Su obra, un homenaje a la naturaleza, nos habla de belleza, fragilidad y resistencia, revitalizando lo que otros han desechado. Y el Golfo Dulce bañado por los sueños de ríos que susurran su tragedia recuerda visiones de calmas furiosas y cráneos que son copas.




Para la revista ¡Y AJÁ! Urabá, historias como esta dan sentido a nuestro trabajo, cumplimos con nuestro propósito de conectar y transformar, a través de la conversación y la palabra, el territorio de Urabá con la disculpa de la publicidad.



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